Century Camp (Groenlandia) y los riesgos de los cementerios tóxicos que ha dejado la industria bélica en el planeta
Groenlandia ha estado recientemente en medio de la polémica global, por el interés manifiesto del gobierno de Donald Trump de adquirir o apropiar el territorio, por su posición estratégica y por los recursos naturales que alberga.
En la cumbre de la OTAN en Ankara (programada para el 7 y 8 de julio), el presidente norteamericano ha reiterado su intención de dominar esta isla, argumentando que es necesario para la seguridad de su país.
En medio de esta polémica, los ambientalistas advierten de los riesgos de la ocupación con fines principalmente militares, de este territorio estratégico ambiental, que es uno de los más afectados por el cambio climático.
Señalan, además, que hay un antecedente particularmente importante de las consecuencias de largo plazo que se generan por este tipo de ocupaciones. Se trata del Century Camp, o Ciudad Bajo el Hielo, según lo ha rebautizado la NASA en 2024, cuando pudo registrarlo mediante un radar de alta capacidad con el cual estaba estudiando el suelo ártico.
¿Qué pasó y qué está sucediendo ahora en Century Camp?
El Campamento del Siglo o Century Camp no es un campamento cualquiera, sino que operó como una base militar estadounidense entre 1957 y 1967, en territorio de Groenlandia, para luego ser abandonada.
Las recientes tensiones entre el gobierno de Dinamarca y de los Estados Unidos han retomado las discusiones sobre la falta de claridad sobre el proyecto de Century Camp en Groenlandia, puesto que es posible, que los norteamericanos no hubiesen explicado el verdadero alcance de lo que estaban llevando a cabo en el lugar.
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En principio, el fue presentado como un espacio para la investigación científica y el desarrollo de tecnología militar, en el contexto polar, por las características especiales que se deben manejar ante las muy bajas temperaturas. Comúnmente se informaba de que se estaban desarrollando modalidades de construcción de estructuras y herramientas en condiciones árticas, pero no era del todo claro qué se estaba adelantando en materia militar.
Luego se conoció, por documentos desclasificados, que uno de los propósitos del proyecto era convertirse en una plataforma para el lanzamiento de objetos bélicos, considerando el lugar privilegiado que ocupa la isla, en la que puede considerarse la cima norte del mundo, frente a Europa y Asia. Incluso, algunos medios, especialistas y activistas llegaron a hablar de que los materiales allí desarrollados, y almacenados, correspondían a tecnología nuclear.
La situación que representaba el medio polar y la inestabilidad de los suelos que podían romperse con facilidad en medio de los experimentos militares, hicieron que posteriormente, se desistiera de la ocupación y de las pruebas militares en el lugar, más cuando se estaban concentrando grandes cantidades de hielo, a la vez que se estaban desplazando casquetes polares, que dificultaban que los asentamientos del campamento pudieran estar fijos en un solo lugar.
Pero por los costos de traslado y probablemente, por el hecho de no contar con otro espacio previamente definido para continuar con el proyecto, se abandonaron múltiples elementos químicos, biológicos, minerales y radioactivos, así como las instalaciones, que por las características del proyecto, tenían varias infraestructuras subterráneas, con las que se buscaba protección para el personal y las investigaciones, frente a la inclemencia del clima polar.
Con el tiempo, todos los elementos abandonados van a aumentando los riesgos, por contener residuos peligrosos que se van integrando al entorno. En 2016, un grupo de científicos daneses comenzaron a estudiar el impacto ambiental de las instalaciones en desuso y encontraron que los materiales se habían mezclado con las capas de tierra y agua, por lo que estaban siendo liberados sistemáticamente hacia la superficie.
Los desechos incluyen materiales tan diversos como el cobre y el acero, combustibles como diésel, ACPM y gasolina, y aguas residuales de instalaciones sanitarias y cocinas, que podrían acumular millones de litros, pues no se conoce a ciencia cierta cuántas personas estuvieron ocupando las instalaciones, por más de cinco años.
En la actualidad, con el calentamiento global y el consecuente derretimiento de las capas de hielo del polo norte, y específicamente de Groenlandia, se encuentra que los residuos peligrosos que fueron abandonados y enterrados por las tormentas polares, ahora, estén quedando expuestos, de nuevo en la superficie, emanando emisiones tóxicas, líquidas y gaseosas.
Por el momento, los científicos no han logrado ponerse de acuerdo sobre la dilución de los contaminantes que se acumularon en el Century Camp, de forma que puedan establecer la velocidad con la cual se puedan liberar hacia el entorno superficial y hacia las costas, aunque se prevé que en cualquier momento, y con mayor riesgo si se acelera el calentamiento global, se van a intensificar los flujos contaminantes hacia los ecosistemas de Groenlandia y hacia el mar.
Algunas investigaciones, incluso, han planteado que los riesgos son altos, pero que pasará más de un siglo antes de que puedan llegar a presentarse, dando tiempo a que se pueda solucionar de algún modo el problema. Pero estos trabajos se consideran como opciones que buscan dar parte de tranquilidad, pero no abordar una solución de fondo para el problema.
Paradójicamente, los estudios que han intentado descifrar el nivel potencial de riesgos y el tiempo en que se pueden llegar a presentar de forma más significativa, han sido realizados por comunidades científicas danesas, noruegas y canadienses, mas no, por los norteamericanos, que están implicados, de forma directa, con los daños.
Por lo pronto, en el Programa de Monitoreo del Century Camp del gobierno de Dinamarca se ha enfatizado en que lo mejor es continuar dando seguimiento al estado de los ecosistemas superficiales, sin intervenir los materiales que están enterrados por el hielo, con el fin de evitar que se acelere la propagación de los residuos.
Los océanos también son víctimas de la acumulación y abandono de armamento y municiones
Algunos estudiosos de los océanos sugieren que no hay lugar marino que haya estado a salvo de acumular materiales desechados de la industria bélica, incluyendo residuos de pruebas, como restos de municiones sin utilizar. Pero sin duda, son los mares en la parte superior de Europa (Mar Báltico y Mar del Norte) los que más contienen este tipo de basuras tóxicas, que incluyen desde los combustibles de los navíos utilizados para transportarlos, como los mismos componentes de las armas y explosivos.
La acumulación en estos mares incluye principalmente los materiales que llevaban los barcos que fueron hundidos en este territorio, durante la Primera y la Segunda Guerra Mundial. El armamento y la munición liberan tóxicos porque sin importar el material de sus contenedores, el agua salada y la temperatura del mar aceleran la corrosión y por tanto, la mezcla de los componentes bélicos con los recursos oceánicos.
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La industria bélica y las guerras terminan con la vida de las personas cuando se utilizan las armas, pero también, después
Cada vez más, hay mayor consciencia de que las consecuencias de la guerra y de las confrontaciones bélicas no suceden solo durante el desarrollo de los conflictos, sino que quedan a largo plazo. Una de las más graves es la contaminación.
La violencia daña a las personas, a las infraestructuras y a la naturaleza directamente, pero también, sigue causando estragos, al afectar los ecosistemas por cuenta de los residuos que genera, la mayoría de los cuales son altamente tóxicos e incluso radioactivos.
Los componentes de los explosivos los siguen haciendo peligrosos más allá de su posible uso en las confrontaciones, en medio de la utilización a gran escala, y sin restricciones de combustibles, metales pesados, químicos y otras sustancias que se consideran necesarias para mejorar la efectividad contra el enemigo, que por extensión, termina siendo el planeta.
Estos materiales, que en la mayoría de los casos no se pueden establecer con claridad, ni en sus cantidades y composiciones, siguen estando presentes en los suelos, aire y agua, de modo permanente, afectando la agricultura, o las mismas condiciones de equilibrio de los ecosistemas y del planeta.
La destrucción visible e inmediata consiste en las personas que pierden la vida, en los heridos y lesionados permanentes, en los animales también muertos o afectados de diversas formas, en las infraestructuras dañadas y en los ecosistemas alterados y arrasados.
La destrucción invisible es aquella que se sigue presentando a consecuencia de los hechos de la guerra, incluidos los procesos de la industria armamentista, que argumentando causas necesarias, no tiene en cuenta estándares de sostenibilidad en su producción.
La contaminación generada por las actividades bélicas suele durar décadas, pues los combustibles derramados o acumulados, los metales y compuestos químicos utilizados y toda suerte de materiales no desaparecen cuando se silencian las armas, sino que, por el contrario, entran en desuso, se acumulan y comienzan a generar emisiones y residuos que van alterando la calidad del suelo y del agua. Su degradación es demorada, estos recursos requieren de bastante tiempo para regenerarse y lo pertinente, es que se cuente con estudios que permitan conocer a fondo la situación, para diseñar programas de descontaminación y ejecutarlos, lo que exige de inversiones y gestión.
De acuerdo con estas consideraciones, se comprende que cuando se liberan materiales en pruebas y hechos de guerra, estos se van mezclando entre los recursos del entorno, alterando su biodiversidad e incluso, su capacidad productiva, cuando se trata de suelos agrícolas. De acuerdo con especialistas, la política más efectiva siempre será la prevención.
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