Más allá de las hormonas: la menopausia abre el camino a una medicina más precisa
Durante un encuentro entre periodistas, médicos y científicos, la menopausia dejó de plantearse como un problema a resolver y empezó a entenderse como lo que es: un proceso vital que, al ser estudiado en profundidad, permite acompañar mejor a las mujeres. En un salón luminoso de Berlín, la conversación se alejaba de la idea de combatirla como si fuera una enfermedad y se centraba, más bien, en comprenderla como una etapa inevitable y clave en la vida de todas.
Al centro de esa conversación estuvo Cecilia Caetano, vicepresidenta de Asuntos Médicos Globales en Salud de la Mujer, quien habló desde una doble experiencia: la del consultorio y la de la investigación.
Durante años, como ginecóloga, escuchó a sus pacientes repetir una misma idea: “todo es normal”. Aunque implicara noches sin dormir, ansiedad constante o una sensación difícil de describir: dejar de sentirse una misma.
“Hay una tendencia muy fuerte a minimizar lo que sienten las mujeres”, explicó.
Pero también hay otra simplificación que, según dijo, ha limitado el avance: pensar que todo en la menopausia es una cuestión hormonal.
Durante décadas, ese fue el enfoque dominante. Si las hormonas bajan, se reemplazan. Y aunque la terapia hormonal sigue siendo una herramienta válida para muchas mujeres, reducir toda la experiencia a ese eje dejó poco espacio para entender la complejidad real del proceso.
“No es que las hormonas sean el enemigo ni la única respuesta”, sugirió Caetano. “Son parte de un sistema mucho más amplio”. Ese cambio de mirada es clave.
Hoy, la ciencia empieza a mapear otros mecanismos involucrados en la menopausia, especialmente en el cerebro. Circuitos neuronales que regulan la temperatura corporal, el sueño o el estado de ánimo y que se alteran durante esta etapa.
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Ahí aparece uno de los avances más significativos: tratamientos no hormonales que actúan directamente sobre esos circuitos.
No reemplazan hormonas. No intentan “corregir” el cuerpo. Apuntan, más bien, a intervenir de forma precisa en los procesos que generan síntomas específicos como los sofocos o el insomnio.
“Es la primera vez que podemos ser realmente dirigidos en el tratamiento”, explicó.
Pero más allá de la innovación científica, el cambio también es cultural.
Durante la conversación en el Pharma Media Day de Bayer, Caetano insistió en que uno de los mayores problemas sigue siendo la normalización del malestar. No solo desde la medicina, sino desde la vida cotidiana.
La menopausia —a diferencia de la primera menstruación— no suele venir acompañada de información ni preparación. Llega, muchas veces, en silencio.
“Nos preparamos mucho para el inicio, pero casi nada para el final”, dijo.
Ese silencio hace que muchas mujeres no identifiquen los primeros síntomas. Porque no siempre son evidentes. Antes de los sofocos, aparecen otros más difusos: insomnio, ansiedad, cambios de ánimo, dificultad para concentrarse.
Y frente a ellos, la respuesta suele ser la misma: adaptarse.
Ahí es donde la tecnología empieza a romper esa narrativa. El uso de dispositivos como relojes inteligentes permite registrar datos objetivos —horas de sueño, niveles de energía— que hacen visible lo que antes se minimizaba.
“Cuando lo ves, entiendes que no está solo en tu cabeza”, explicó.
Pero también hay otra dimensión en juego: la necesidad de actualizar cómo se entiende la menopausia en la sociedad.
Gran parte de los datos con los que aún se trabaja provienen de otra época, cuando las mujeres no tenían el mismo rol laboral, social ni familiar que hoy. Ahora, muchas atraviesan esta etapa en el punto más alto de su vida profesional, mientras cuidan hijos y acompañan a padres mayores.
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Es otra realidad. Y exige otra forma de abordarla.
En ese contexto, la investigación en salud femenina —más allá de una sola compañía— empieza a moverse hacia una visión más integral. No centrada únicamente en hormonas, ni limitada a lo reproductivo, sino enfocada en la calidad de vida.
Porque, como repitió Caetano a lo largo de la conversación, hay algo que debería dejar de asumirse como parte del proceso:
El sufrimiento no es normal. Ni antes, ni durante, ni después de la menopausia. Entender eso —y dejar de ver el cuerpo femenino como algo que hay que “corregir”— puede ser, quizá, el cambio más profundo de todos.
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